" Todavía duelen las marcas moradas en la piel y la herida del cuello, tapada con un parche. Pálpito de aguas lluvias sobre el pavimento sucio de Santiago, son dos y una sola y entran corriendo al motel Savoy, sin reírse porque no pueden, sin hablar porque ya se lo dijeron todo y saben que ahora sí es la última vez.
El esposo, la familia, significan separación irremediable porque su secreto es conocido y será ventilado, porque se descuidaron y sin darse cuenta rozaron sus manos sobre la mesa, se miraron y sonrieron a un tiempo dejando en evidencia que la amistad no era sólo eso sino más y entonces el esposo miró y supo, sintió y supo y lo inviolable quedó expuesto y abierto, dibujado en la boca del esposo que no dijo nada, pero que en la cama, más tarde, exigió la verdad y la obligó a abrir las piernas y la penetró con toda la rabia, con la humillación de saberse engañado, burlado en su misma cara, cuando creía que dos hablando bajo eran sólo dos hablando bajo de cosas de mujeres. “Cosas de mujeres” fue lo que el esposo le disparó al oído mientras se movía sobre ella, mordiéndole el cuello, arrancándole el pedazo de un tirón. “Para que aprendas” le gritó, mientras ella sollozaba con asco y dolor, con miedo y dolor y él salía de su cuerpo mojado. “De mí no se ríe nadie”, agregó antes de sacar el cinturón y empezar a golpearla. “Y menos un par de mariconas, haciendo cosas de mujeres”.
GABRIELA AGUILERA
VI CONGRESO INTERNACIONAL DE MINIFICCIÓN

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