“ ¡Ooppsss!, creo que lo empujé, solo recuerdo sus vanos esfuerzos tratando de ir contra la fuerza de la gravedad. Sentí el alivio de ver que estaba sola, y que ya no tenia que compartir mi libertad, ¿arrepentimiento?, ¡no!, tal vez solo cuando Dios me juzgue mientras tanto sigo impura y menos limpia que mi peor enemigo”. Terminó por decir Bella al recordar cómo mató a David.
Julia, su hermana la miró sorprendida, no sabia que decir, no podía creer que ahora se convertía en testigo de ese asesinato.
“No te asustes” dijo Bella, hay gente mas loca que yo, tal vez hasta tu lo estés; igual no nos volveremos a ver”.
Julia estaba sentada a su lado pero su mirada estaba fija en la ventana que dejaba pasar los rallos de luna entre la suave cortina. “Si, no nos volveremos a ver” pensaba; esta ultima frase le recordaba que en dos horas era su viaje y que en menos de un par de minutos despediría a su única hermana y amiga: Bella, su nombre hacia homenaje a la dulzura y locura, ¡Oh dulce locura!; ella era una excelente estudiante, la mejor de su clase, contaba con tan solo 15 años pero su ingenio y sus experiencias no parecían suficientes para tal edad. Todo comenzó cuando Bella conoció a David, a su amor o más bien a su tortura, tortura que ahora la tenia amarrada y encerrada entre las cuatro paredes blancas que se perdían en su propio color. Color blanco, blanco color… blanco como los polvos mágicos - o mas bien malditos- que David una vez le dio a probar y que la llevó a un viaje que aún no termina.
“Aun no he leído la carta que me escribiste” le dijo Bella a Julia, interrumpiendo sus reflexiones.
“Pero si te la escribí hace mucho” respondió Julia, en esa carta está lo que pienso de ti, esta lo único que soy capaz de decirte, está mi despedida.
“ Tranquila, a penas te vallas la leeré, esa carta ha sido lo único a lo que le he tenido miedo, en un manicomnio le tienes miedo a lo que es, así no sea; y te digo un secreto? es mejor hacerse el loco para que los que están locos te incluyan en su mando y para que los que están cuerdos permanezcan tranquilos… Oh, mira la hora! – dijo repentinamente- ya deber irte” termino por decir Bella.
Julia retiro su mirada de la ventana y la fijó a los ojos de su querida hermana, se levantó y la abrazó muy fuerte, sabía que seria la última vez que sentiría su juventud rodeando su corazón, el olor de una dulzura perdida y el dolor de la despedida. Besó su frente y dejó caer un par de lágrimas, no había ya más que decir.
Julia salio rápidamente del asilo sin atreverse a mirar hacia atrás, siguió caminando y caminando puerta tras puerta salió a la calle, paró un taxi, llegó al aeropuerto, el avión despegó hacia su destino, su cara reflejaba la tristeza de un muerto, rígida y fría, y no era para menos, no es fácil ver caer a un ser amado entre la maldita droga y dejarlo perdido en un manicomnio, pero sabia que era lo mejor, “adiós” fue su última palabra antes de caer dormida en el sillón del avión.
Mientras tanto debajo de la cama que acompañaba el cuarto de Bella, estaba la carta cuidadosamente doblada, muy nerviosamente sus manos la recogieron y desdoblaron, ya abierto, sus yemas recorrieron cada letra que tocaba, luego de leerla por un rato nunca olvidó estas palabras:
Perdida en el encierro de cuatro paredes,
Buscando la respuesta en la oscuridad
Esperando alcanzar la cima de la eternidad
No conoce el camino, solo lo sigue;
Cada suspiro, un recuerdo,
Cada mirada, una imagen,
Cada encierro, un viaje
Cada escondite, una salida
Cada soplo, un arrepentimiento
¿Pero que hace?, no lo puede evitar
Su vicio es su mejor enemigo, su peor compañía,
Pero su más grande amigo, ¿que?
¿Que cuando lo necesita?, siempre,
¿Cuando lo aborrece?, siempre,
¿Cuando se arrepiente?, siempre,
¿Cuando lo niega?, siempre?
Se odia por lo que hace, se quiere cuando lo siente, lo niega cuando lo recuerda, ¿y que mas da?, así seguirá siempre…

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